Antecedentes o casi…

Todos los comienzos son duros, en nuestro caso yo creo que los antecedentes han sido lo peor. Desde el momento en el que Harvard nos dio el sí quiero hasta ahora, la intensidad ha sido tal que en mi memoria se ha instalado como un antes y un después.

Ha sido una carrera de fondo, primero conseguir la casa, los coles, vaciar nuestra casa, alquilarla, encajar fechas, y los números ¡qué números más incontrolables!

Y luego yo. Esa incognita que siempre estalla cuando no lo esperas y lo cambia todo. En tiempo record, como siempre, Julio lo tenía todo bien preparadito. Había contactado con otros españoles que estaban finalizando ya su estancia aquí. Gente amable y cariñosa donde las haya, unos auténticos ángeles de la guarda que nos dedicaron su tiempo sin esperar nada a cambio. Me daba la sensación que habíamos pasado a una nueva liga en la vida.

Gracias a ellos había conseguido ya el relevo en una maravillosa casa a las afueras, en Belmont. Julio tenía ya estudiados los colegios, y todo estaba hecho. Era simplemente fácil y maravilloso. Pero entonces nació la inquietud…había un pequeño detalle incómodo…, intenté controlarlo un par de semanas, pero un día me levanté y aquello era un ciclo ingobernable…;Después de un día insoportable en el que todo salía mal de manera inexplicable, vomité mi miedo envuelto de un torbellino de frustración…¡Era eso! lo de las afueras. Afueras…A fuera…A era yo, luego estaba fuera. Como no, me enfadé con Julio.

Pobre Julio, el caso es que captó que el conflicto no era toreable y le podía caer una buena, de esas que empiezan flojito y luego traen pedradas, y cedió con la mirada baja…

Todo el castillo cayó dejando unos cuántos comodines de recuerdo. Tal fue el estrés que le entró a partir de aquello que yo pensé que se iba, pero del mundo. Le ocurría lo único que él no puede tolerar, no tener el control. Así, empezó la locura del housing Harvard, esas casas realmente  parecían merecer la pena. Más que nada, porque las otras económicamente eran imposibles. Merecían la pena, mucho.

Un hombre con su cartera agarrada a la mano, eso era él. No veía más opciones.

Hicimos toda la locura de trámites hasta que nos dieron nuestro día y hora para la ventanita.

Ventanita, sí, pero no de una casa, no. Ventanita de las de internet. Aquello significaba que teníamos que estar atentos un determinado día,  en una determinada hora para meternos en una página y ser lo más rápidos posible para coger una de las 20 casas de tres habitaciones, por las que había compitiendo trescientas familias o más en el mismo instante. Esta claro que a los Americanos les gusta competir, pero a Julio…… A Julio eso le pierde.

(Me imagino a los trescientos papis preparados con el dedito, y a la vez elaborando estrategias como buenos estudiantes de Harvard)

Ese mismo día tenía reuniones durante todo el día. Y al mediodía cogía un avión a Bruselas. Así que mi querido varón ahí estaba preparado para clickar con su lista de los preseleccionados en la mano, en una reunión de importancia, intentando que no se le notara. Pero lo que es peor, lo consiguió. Julio es la única persona que conozco, que puede estar hablando contigo mientras trabaja a presión. Por contra yo soy la única mujer que conozco incapaz de hacer dos cosas a la vez.

La cuestión es que ahí estaba él en plena reunión y clickó y consiguió entrar en la primera casa de nuestra lista sin ningún problema…y ahí pasó lo que también le suele pasar, se relajó antes de tiempo. Había que clickar dos veces una entrando en la casa y otra al sí al contrato, y el pensó que con estar dentro de la ventanita de la casa elegida valía. Cuestión de matices. Un compañero de Julio, me aseguró que con él en aquella reunión había entendido lo que significa mudar de rostro. Cambió completamente de color, a blanco lechón. El que se había dado.

Cuando quiso volver atrás y coger otra ya no había ninguna. Estuvo todo el día pendiente, llamando a Harvard Housing y suplicando por otra oportunidad, pero le dijeron que solo si teníamos la suerte de que alguna quedara libre antes de las doce de la noche podíamos conseguirlo. Estos americanos a mí se me hacían entonces un poquito cenicientos.

Entonces entró en juego otra característica de Julio, la que más me gusta, luchar hasta el final. Buscar soluciones. Y así se tiró todo el día, de reuniones y dándole una vez por minuto a la ventanita de internet, por si se liberaba alguna.

No hubo lugar, se subió tan ligero al avión que podría haber volado sin él. Y me tocó  a mí relevarle. Recogí a los niños del cole y me fui a casa directa pasando de extraescolares. Llegué a casa en el momento que Julio subía a su avión. Pedí ayuda a Denisa con los niños, cuando he dicho que no puedo hacer más de una cosa a la vez no miento, y empecé con el ipad a darle a la ventanita.

Dos horas después ocurrió el milagro, me metí en la ventanita y ahí estaba, entonces presa de un ataque de nervios me metí sin saber muy bien lo que hacía, ahí estaba la ventanita del si quiero, Julio me había hablado de ella, mira que era pequeñita, cuánta letra alrededor para despistar….y de pronto mi dedo no funcionaba…

…Nervios, calor y sudor, poca batería en el ipad…¡Qué se yo! pero la ventana en la pantalla del ipad no se activaba, lo intenté lo menos veinte veces en un segundo…estaba oficialmente histérica y empecé a gritar pidiendo ayuda. Pocas veces te alegras tanto de tener familia numerosa. El dedito de Sara, sin saber muy bien lo que hacía, por que yo no era capaz de explicárselo, hizo el resto.

Ese día perdí mi confianza en apple, pero gané una casa.

Continuará.

 

 

 

 

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