Antecedentes o casi. Casi que esta vez sí

Bueno aquí estamos de nuevo. Sobreviviendo al fin de semana, que aquí es intenso…

Ayer por ejemplo, me apunté a un voluntariado de la Harvard Kennedy School. He de reconocer que no sabía muy bien en que consistía, solo sabía que era una buena excusa para poder salir de casa sin acompañantes, sobretodo de los menudos…y eso siempre es atractivo.

Total que de un mail infinito de esos que ves, y ya sabes que no te lo leeras, sólo capté que había que llevar gorra y ropa que se pudiera ensuciar: Podía quitarle su gorra a Julio y mi ropa… desde que soy madre siempre está sucia.

También sabía que iba Greg, alguien que he descubierto, que como yo, se ha cansado de preguntarle demasiado al entorno.

A eso de las siete y media, cuando sonó el despertador, empecé a preguntarme sobre el origen de mi estupidez. A las ocho, había recompuesto mi constancia sentándome en la cama, y mis pensamientos derivaban de una forma más positiva hacía las experiencias que me reportaría el voluntariado.

Cuando llegué  a la universidad había un ejercito de voluntarios desayunando, así que disimulé con el móvil hasta que pude divisar a Greg y alcanzar así mi zona de comfort. Todo fue genial hablando con la gente muy entretenida hasta que fui consciente que estaba en medio de ninguna parte, en una especie de polígono, y que un alegre americano, (para mí que creció vendiendo aspiradoras), nos hablaba sobre algo así como felicidad, puertas, tejado, cuidado y excitación.

Cuándo vi los sacos de aislante …volví  a plantearme dudas sobre mi capacidad para complicarme la vida.La impresión no mejoró cuando fui consciente de que era una mezquita hindú. Nos indicaron que dentro del edificio había que llevar la cabeza tapada y quitarse los zapatos.

Nos tocó la división de las puertas. Quítate los zapatos, ponte la gorra. Greg conmigo. Me había convertido en una especie de lapa succionadora de traducciones. Conocimos por fin a nuestro jefe de equipo, un americano con cara de susto que empezaba a ser consciente que ni las dos australianas, ni los dos españoles que formábamos su equipo teníamos una ligera idea de lo que eran los trabajos manuales.

El pobre hombre no hacía otra cosa que descartar puertas que trabajar con nosotros mientras nosotros le seguíamos obedientes. Todas le parecían muy complicadas. Otra vez íbamos hacia fuera, ponte zapatos, quítate gorra. Las miraba, sacudía la cabeza y nos miraba, Okey I think the next´ll be best. Hacia dentro, quita zapatos, ponte gorra… Por fin a la tercera fue la vencida. Nos miró dubitativamente y abrió la bolsa de las herramientas.

Primero tomar medidas. Ni yo misma  sabía que no sé medir en otros idiomas y medidas…el pobre tenía una cara de bueno que no podía con ella. Segundo hacer agujeros en el metal con la pistola. Esta vez fue una de las australianas la que demostró que aquello no estaba hecho para sus manos, todo se le escapaba de las manos… respiré aliviada, ya no era yo. A todo esto ¿Os habéis puesto alguna vez a arreglar una puerta en un templo musulmán? No sé cuantas veces me puse y me quité los zapatos.

Cuando terminamos de hacer la primera puerta el hombre suspiró y nos dividió en dos equipos. Las Australianas arriba nosotros abajo. Ahí nos quedamos, Greg y yo, y pronto Carol una uruguaya encantadora que vino a darnos apoyo.

La gente iba terminando sus tareas. Mientras todos entraban a la sala, cuya puerta de emergencia nosotros arreglábamos, para dar cuenta del delicioso tentempié que habían preparado las mujeres del templo y atestiguaban un autentico intercambio cultural… nosotros dábamos cuerpo al significado de chapuza. Cuando por fin terminamos ya no había más intercambio cultural que el autobus esperando para llevarnos de vuelta a la universidad. Luego nos invitaron a una hamburguesa. No eras consciente de los picante que había sido el tentempié indio, hasta que veías a los voluntarios abalanzarse sobre las bebidas.

El tema de las puertas me trae recuerdos, el más reciente nuestra llegada a este país.

Es curioso que siempre hablamos de las puertas que se abren y las que encontramos cerradas, pero las que más impresionan son aquellas por las que pasas sin pensarlo, y luego no tienen retorno. Una vez que las pasas no se pueden abrir. Y no hay manera de volver sobre tus pasos.

En nuestro caso llevaba temiendo meses todas las puertas que tendría que atravesar sin Julio…es cierto que era una experiencia que me apetecía superar por mí misma, pero cuando mi hermana se ofreció a que las pasáramos los niños y yo junto a su familia, no me negué.

El caso es que después de un vuelo de tres horas, una escala de siete horas en Copenhague y otras siete horas de vuelo, tres adultos con cuatro niños, y además una muy activa Elena, no nos quedaba ya mucha sesera para acordarnos de las puertas, así que para cuando recopilamos las cuatro maletas tamaño gigante y las siete maletas de cabina, ya no pensábamos más que en salir del aeropuerto.

Mi hermana y su marido Juan metieron el turbo, y yo iba detrás con Elena montando el número encima del carrito de las maletas que yo llevaba, así que cuando llegamos al puesto de control de la salida,(dónde están los cuartitos famosos),  y el policía me paró para regañarme por llevar a Elena encima de las maletas…no me lo vi venir.

Me pidió los papeles y los pasaportes, y yo se los dí. No me di cuenta de que el hombre se quedaba bloqueado mirando a mi sobrino Diego. Mi mente para aquel entonces era una línea plana. De pronto, el hombre que yo creo que hasta había crecido, rugió:

-¡But this boy isn´t Juan Lumbreras!

Me acuerdo que miré sonriendo a mi sobrino Diego,(ojos azules, rubio claro, 9 años) todavía sin entender, y le comparé divertida con mi hijo Juan (siete años, pelo moreno, ojos muy marrón), y respondí con total naturalidad:

No he isnt, he is my cousin,(ahí me falló el conocimiento del idioma),¡Juan ven aquí!

La que armé. En nuestro cansancio y desorden nos habíamos cambiado los niños, para rematar mi hermana ya había pasado todos los controles con un hijo que no era suyo, y que al llamarlo yo intentó hacer algo prohibidísimo, volver a entrar por una de esas puertas sin retorno. Al instante tres tiparracos le dieron el alto y le rodearon. Al final sólo le amonestaron y le obligaron a salir de nuevo, a pesar de que el chaval con solo siete años les hizo frente y les dijo que yo era su madre.

El policía que se ocupaba de mí parecía que iba a explotar, se iba hinchando por momentos mientras se ponía más y más rojo. La providencia decidió echarme una mano y me metió un pensamiento acertado en la cabeza. CALLATE. Vi que me decía de todo, y decidí tranquilizarme y no mirarle más a los ojos. Nos retuvieron  a mí, a Sara, a Diego y a Elena que roncaba sobre las maletas mientras se aclaraban.

Yo dediqué mis esfuerzos en tranquilizar a mi sobrino, que normalmente es clarito, pero ese día estaba blanco. Gracias a Dios no nos hicieron entrar en el cuartito. Cuando se calmaron, vino otro oficial a hablar conmigo conseguí explicarle la situación, aun no sé ni como y nos dejaron marchar.

Cuando crucé la puerta no pude evitar mirar, y aunque  no me convertí en estatua de sal, nunca olvidaré a los cuatro uniformados discutiendo acaloradamente. Acabábamos de bajarnos del avión y ya habíamos conseguido sembrar el caos en EEUU.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 thoughts on “Antecedentes o casi. Casi que esta vez sí

  1. Cuando fuimos a Colombia en la aduana di la dirección de mi tío de Bogotá para a continuación decir que iba a ir al caribe y que por su puesto no iba a pasar por Bogotá. Me pidieron el teléfono de mi tío y debieron poner algún aviso en mi pasaporte porque a la vuelta me retuvieron de nuevo, mientras yo rezaba porque no se pusieran un guante blanco…
    Con tantas horas de vuelo todas las cabezas se ponen tarumbas.

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