Columbus day

 

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El corsé la ayudaba a mantener la postura, si conseguía permanecer recta, apenas se le clavaban las costuras. Aquel extraño artefacto, en ocasiones como aquella, se convertía en su mayor aliado, parecía como si aunque a ella le faltaran las fuerzas él fuera a sostenerla.

Estaba contenta, aquél día estaba planificada su entrevista con él. La molestaba sobremanera el hecho de que tuviera que mantenerlas siempre delante de toda aquella gente. Miró hacia el trono derecho, vacío. Su marido Fernando se hallaba ausente. Le echaba de menos, sin él temía perder el control sobre sí misma. Cuando él, su único aliado, se ausentaba, toda la soledad del trono recaía sobre sus espaldas. Pero ese día prefería su soledad. A pesar del sofoco que había sufrido con el embajador de Portugal.

Por fin, le anunciaron su nombre, comenzaron los cuchicheos, no pudo evitar alegrarse, esperaba al menos que nadie se hubiera percatado, que su rostro no la hubiera traicionado. Pero eran muchos los años de intrigas y a esas alturas su rostro parecía ser del mármol de las estatuas.

Lentamente trató de estirar el cuello, para aumentar la elegancia de su porte. Luchó por estrechar aún más su cintura. Quería estar magnífica. Fingió interés por un asunto que le mencionaba su consejero, pero su mente no podía abarcar nada más que los pasos lejanos que le indicaban su presencia. Cristobal Colón llevaba ya años esperando una respuesta en firme de los reyes Católicos.

Había llegado en mal momento, las luchas con los musulmanes tenían muy debilitadas las arcas de la corona. Menos mal que su sensible confesor se había percatado de los encantos y talentos del joven, si no, ella no habría llegado a conocerlo, justo cuando su fe en los hombres empezaba a desaparecer…No pudo evitarlo, en aquella ocasión con el temible Fernando tronando la sala con su irritación por la inaceptable proposición del joven, ella no pudo evitar una completa fascinación por aquellos fogosos ojos que mantuvieron su fuego a pesar de los temibles bramidos de su esposo, que lo calificaba de temerario. Recordaba perfectamente el momento en que él había clavado sus ojos en los suyos buscando un timón para sus sueños.

Aquella vez la había faltado el aire, como tantas otras veces que lo volvió a ver para negociar acerca de sus planes. A pesar de los consejos del propio rey, de sus consejeros, ella no había podido dejar marchar al joven. Necesitaba verlo y sentir aquel fuego. Con vagas promesas había conseguido retenerlo, con la esperanza de poder darle algo más tarde a cambio. Adoraba el timbre de su voz, su fiereza apenas dominada.

Ella dudaba que él pudiera ser consciente de la pasión que la devoraba. Cuantas veces había soñado con cómo sería el tacto de las palmas de sus manos sobre su piel. Se cuidó muy mucho de que pudiesen notarse los sentimientos que la atormentaban. Nadie lo sabría jamás. Ni él mismo. Dios la habría castigado con terribles castigos sobre su reino y sus hijos. Pero cuándo él entraba en la sala…ella parecía estallar de angustia en su pecho, y se encendían al tacto sus partes más oscuras. Cómo ardían sus mejillas cuándo el la miraba de soslayo y a duras penas podía evitar morderse el labio por dentro de su boca seca.

Aguantaba todo aquel tornado interno, sin que apenas se la moviera un cabello, y en los últimos tiempos había aprendido a abusar de los polvos de arroz para que su pálida piel no tradujera sus pensamientos a todos los traidores que la rodeaban en aquella sala.

Había aprendido a apagar sus reacciones externas pero dentro llevaba un río que nunca desembocaba y que cada día parecía llevar más agua. A veces suplicaba a su camarera por un peinado más tirante que sujetara sus sueños.

Ahí estaba él, más pálido y ojeroso que la última vez, pero siempre gallardo, su mirada había cambiado, tenía algo de loco, hoy la miraba directo a los ojos. Asombrada se percató de que parecía haberla perdido el respeto, y entonces vio esa desesperación que era la suya propia, habría dado hasta la última de sus joyas por salvarle de sí mismo.

 

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