Paseando por el río Charles

 

placa

Ayer fue un día curioso, quedé con alguien para ir al museo de arte y comer, mi único límite era recoger a la niña antes de la una.  Al final, ni fuimos al museo ni comimos. La gente debe alucinar conmigo, a veces me sorprende lo difícil que debe ser calificarme.

La barrera del idioma tampoco es que ayude, pero para mí eso es una ventaja en la que escudarme, en mi tierra natal nadie me entiende de igual modo, y casi es más incomodo hablando el mismo idioma.

La cuestión es que quedé con una mujer de esas que deseas convertir en tu mentora, femenina pero fuerte, analítica y segura. Me estoy dando cuenta de que muchas de mis congéneres aquí son mujeres admirables, las judías por ejemplo son decididas y a la vez tienen sus miedos, como yo misma pero ellas poseen un absoluto dominio de sí mismas, que yo admiro.

Al grano que me empano, empezamos a andar, hablando sobre la inminente llegada del invierno, y ella me contó que todavía no había ido a pasear por el río Charles. Frenazo en seco y cambio de rumbo. ¡Ya tendremos tiempo para museos todo el invierno!

Pusimos rumbo al río y caminando encontramos una pequeña piedra conmemorativa, rodeada de un manto de flores, hablamos con los presentes, que nos explicaron que eran Tailandeses y dejaban allí flores a su difunto rey Bumibol Adulyadej, en el aniversario de su muerte. Era hermoso el cariño y la devoción que mostraban por él. Tuve que acallar algún ligero cuestionamiento desinformado, pero pude disfrutar de la belleza del momento, de la ternura y el cariño que expresaban. Aquel monumento era un cordón umbilical vivo entre aquella gente y su tierra, y su rey ya desaparecido. He ahí el poder de los símbolos.

Seguimos andando. Ningún tropiezo, no tenía nada pendiente que se me hubiera olvidado, el día pintaba bien.

Fue un día precioso, paseando, hablando (demasiado, no entiendo porqué sabiéndolo no me callo), y entonces hablamos de dónde comer. En ese momento me quedé sin móvil, la batería otra vez. Pusimos rumbo a Harvard Square, decididas, tenía que guiar yo, ( craso error), pero era claro que ella está acostumbrada a guiar y yo a seguir. En cuanto nos poníamos a hablar ella cambiaba el rumbo y yo inconsciente la seguía.

Tuvimos que volver a variar el rumbo dos o tres veces, para cuando conseguimos llegar le pregunté la hora, y ella me informó que eran menos diez. Tuve palpitaciones, ¡con la de vueltas que habíamos dado era perfectamente posible que fuera tan tarde!, me despedí apresurada y salí corriendo a recoger a mi niña. Corrí y llegué pronto. Me di cuenta por la cara de las profesoras. Para ser exactos llegué una hora pronto.

Me había confundido de hora. A veces me pregunto por qué yo y el tiempo nos llevamos tan mal. Es un hecho.

 

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