No sé como reírme con esto.

tierra

Hago la mueca, pero no me sale,  estoy preocupada, porque no entiendo. Me sorprende hasta mi propia incapacidad para reaccionar, mi incapacidad de tomar alguna posición.

Siento impotencia por mi insignificancia, siento impotencia ante el cambio y siento impotencia por mi propia inactividad. En mí, los miembros de un mismo cuerpo se van dividiendo.

Mi cabeza no hace sino repasar los hechos, y ha decretado mi invisibilidad. Debo ser invisible, a aquellos que antes me sonreían y hoy miran sus pies. He de ser invisible en el supermercado al pagar. Ser invisible para no ser señalada, y no despertar sentimientos que alimenten la rabia ajena. Invisibilidad que no haga avergonzarse a aquellos que aman y lloran por el trato a la diferencia.

Mi sangre galopa enfadada, porque aquí la gente llora, y la gente se duele con el corazón encogido por nosotros, cuando nos miran. A nosotros, a los de fuera. Mientras nosotros nos encerramos en el caparazón. No todos.

Es curioso, esto de los foráneos que cuanto más unidos deberíamos estar más nos miramos dentro, buscamos nuestras diferencias y nos apoyamos en ellas, buscando nuestro propio indulto. Tenemos el orgullo herido porque nos hemos dado cuenta de que no pertenecemos a este paraíso. Cómo nos gustaría compartir nuestra sangre con Ann, Rachel y toda esa maravillosa gente que nos ama y tiende los brazos, a pesar, (y por ser), pura raza diferente.

Mis brazos se esconden abrumados abrazando mi cuerpo, mientras mis piernas desean andar hacia delante, ponerme por delante de todos, y plantarse firmes ante mis miedos.

Mi corazón se divide en dos ventrículos y dos aurículas, en un ventrículo se ubican los miedos, los silencios, las miradas de soslayo. En el otro la rabia porque siempre haya alguien que eche mano de las diferencias para hacerse fuerte. Mi aurícula derecha late llena de amor por la gente de Boston, generosa y amable, que cuanto más rechazo perciben más luchan por acogernos. Mi auricula izquierda alberga el ritmo de la confianza, el baile de la paz, sabiendo que siempre hay energías amigas. En los muros cardiacos que los separan se enlazan las fuerzas que me otorgan todas aquellas personas, tan diferentes, tan fuertes, con tan opuestas convicciones a las que he conocido y aprendo a amar cada día.

Vivo en un paraíso cultural llamado Boston, cuna y hogar de los intelectuales de este país y del mundo, que nos ha acogido durante los últimos meses de nuestra vida y nos muestran cada día que ni Trump, con todo su miedo, puede cambiarlo. En eso todo mi ser está de acuerdo.

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